La rueda de la vida Portada

La rueda de la vida, está escrito por una psiquiatra, Elisabeth Klüber-Ross, y es un libro apasionante.

Habla del duelo y de su gestión emocional pero, sobre todo, habla de la vida, sin ser un libro de coaching al uso.

Con lenguaje llano, nos acerca sus vivencias desde sus inicios cuando intentaba acceder a la Facultad de Medicina hasta sus conferencias como psiquiatra experimentada y revolucionaria.

«Bueno, hacía sólo unas horas, Linda, de dieciséis años, había hecho lo mismo para un grupo de alumnos de medicina. Les había enseñado algo que yo también estaba aprendiendo: qué resulta valioso y oportuno al final de la vida y qué es un desperdicio de tiempo y energías. (…) Había muchísimo que aprender sobre la vida escuchando a los moribundos».

Elisabeth Klüber-Ross, La rueda de la vida, 1997.

Comencé La rueda de la vida hace unas semanas.

Antes de que, la propia vida, me pusiera esta situación delante de las narices, di con este libro por recomendación de una amiga. Dice Elisabeth que nada es casualidad y, en momentos como este, me da por pensar que igual tiene razón.

Pero, antes de entrar en materia, me presento.

Mi nombre es Marta.

Soy médico de famila y también escribo. Aparte de eso, soy una lectora empedernida desde los 10 años… hasta ahora, que ya tengo más de 30.

Y este, calentito, recién sacado del horno, es mi primer post. Así que café o infusión en mano, si te apetece, vamos a empezar.

Después de este rodeo, volvamos al libro.

Su autora, Elisabeth Kluber-Ross era suiza, nacida en 1926.

Luchó contra todos y contra todo, incluída su propia familia, para convertirse en médico en una época en la que «ser médico» aún era cosa de hombres. Se convertiría en una reputada psiquiatra, que trabajó durante toda su vida en un enfoque biopsicosocial del enfermo en tiempos en los que, sólo la parte «bio» (la biología, la fisiología y la patología) se consideraban importantes.

Era famosa por «escuchar a sus pacientes», en particular, a los moribundos. Escuchaba sus sueños, sus asuntos pendientes, las lecciones vitales que querían dejar a su paso antes de irse. Y también, sus quejas. Como le diría una señora «yo lo que quiero es ver a mis hijos, el tamaño de mi hígado me da igual».

Porque esa es una gran verdad.

Nadie te prepara en la facultad para las emociones, para dejar ir, para aliviar el sufrimiento. Tampoco nos enseñan que, al final, salvarás a algunos y acompañarás a muchos, porque la vida es así y la muerte es parte de la vida.

Aprendió y enseñó, durante su trayectoria profesional, esas típicas cosas que no nos enseñan en la facultad. La parte más humanista, la del trato, hacer lo que haces con cariño y comprensión. También, la de las emociones de los enfermos y cómo, para poder lidiar con todo eso, tenemos que tener claras las propias. Lo que incluye, a su vez, nuestros temores y defensas.

Este era un enfoque completamente revolucionario para aquel entonces lo que le granjeó muchas enemistades, así como múltiples seguidores.

Tras dar cientos de conferencias, las cuales se llenaban sistemáticamente de alumnos de medicina y múltiples sanitarios y trabajadores sociales… Y tras publicar varios libros, fallecería en 2004 a los 78 años de edad.

Y lo cierto es que, si bien estudiaba el duelo y los sentimientos en los momentos cercanos a la muerte de sus pacientes, se trata de un libro muy vitalista.

Elisabeth amaba la vida. Vivía con intensidad su profesión y su maternidad y, entre otras cosas, nos deja con un resumen de lo escuchado en sus enfermos, la sabiduría que adquirió en sus conversaciones con ellos.

Quizá sin querer, a través de su experiencia vital, dio con una especie de «Memento Mori».

¿Qué es lo que más me ha llamado la atención de este libro?

Su espiritualidad y sencillez.

Tengo que decirlo, es bonito.

Porque, aunque habla de la muerte y de perder a seres queridos, lo hace con una amabilidad, sensibilidad y cariño impresionantes.

No trata de huir de la realidad, no se enreda en tecnicismos, no habla de fisiopatología… Habla de cómo nos sentimos: los testigos y los que se van. De cómo nuestras creencias pueden hacer la transición más fácil. De la importancia de tener lo que realmente necesitamos antes de irnos. Sea esto arreglar asuntos pendientes o, simplemente, tener una mano que estrechar, alguien de quien despedirnos antes de abandonar nuestro cuerpo para siempre.

Y sobre todo, habla del amor.

Del amor profundo que ella sintió por la vida.

De cómo, cada uno de nosotros, tenemos en el amor lo más valioso.

Como se puede intuir, no hablamos del «amor romántico» sino de este, en toda su expresión.

Amor en lo que hacemos, hacia nuestra familia, pareja, hijos, animales, naturaleza…

Y es que, en el fondo, sólo estamos de paso.

Somos polvo de estrellas, que diría Jorge Drexler.

Así que, será mejor despertar y mirarnos a los ojos.

Darnos cuenta de que lo que importa es el presente.

Y dejar nuestra huella.

Vive de tal forma que al mirar hacia atrás no lamentes haber desperdiciado la existencia.

Vive de tal forma que no lamentes las cosas que has hecho ni desees haber actuado de otra manera.

Vive con sinceridad y plenamente.

Vive.

Elisabeth Klüber-Ross, La rueda de la vida, 1997.
Polvo de estrellas

Dedicado a Lidia, una gran amiga. Descansa preciosa. Nosotros te recordaremos, a tí, tu sabiduriá y tu risa.

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